24 Nov 2015

Abundancia por naturaleza…

Por: Jorge Ventocilla

Fernando Sucre me invita a redactar un texto sobre “…la naturaleza panameña” y acepto complacido. Por fortuna, el número de páginas me salva: cuatro, a espacio y medio. A la invitación respondo entonces en forma concisa y llana narrando detalles de algunos animales y plantas de esta tierra querida. Territorio donde se reúne una vida - una biodiversidad - plena, en abundancia, como sucede en pocos países de dimensiones similares.

Para empezar, ¿cómo fue que formó el territorio que hoy es Panamá? Participaron islas volcánicas y desplazamientos de dos placas tectónicas que poco a poco chocaron entre sí, obligando, la “placa del Caribe” a la “placa del Pacífico”, a deslizarse lentamente bajo ella. También fueron protagonistas los desplazamientos de masas descomunales de tierra emergida: la inmensa península de Azuero vino derivando desde lejos hasta que se topó con el istmo... 

Hace unos tres millones de años terminó la formación de este puente del mundo que desde lo cielos se observa con forma de “s” acostada. Se abrió el paso a flora y fauna terrestre del sur y del norte.  Y formándose, el istmo de Panamá cambió las corrientes marinas, modificó el clima global y a la larga hasta permitió nuestro desarrollo como especie, allá lejos en el Africa.

Son miles de miles los animales y plantas de este país. Desde murciélagos y ballenas, azulejos, osos hormigueros, harpías y colibríes… Ni qué decir de los peces de ambos mares y de los que nadan en sus quinientos ríos… Uno solo puede imaginarse la variedad que debe existir en invertebrados. Y tantísimos árboles, helechos, bejucos y demás vegetales. En una hectárea de selva tropical nacional pueden haber más especies de árboles y de mariposas que en toda Europa. 

Y todo montado en escena en un paisito bastante pequeño.

Permítanme empezar el recuento por el Arbol Nacional. Se me ocurre proponer que, como parte de la formación ciudadana básica, padres y madres deberíamos  enseñar a nuestros niños a reconocer in situ y no solo en lámina, el árbol Panamá (Sterculia apetala). No es difícil encontrar uno en la ciudad: se le usa como ornamental y me consta que más de un ciudadano lo siembra simplemente por su significado nacional. Hace poco observé que muy atinadamente alguien había sembrado un Panamá en la cima del Cerro Ancón.

frutosatrativoscerrado / CC BY-NC-SA 2.0

Alcanza de 20 a 35 m de altura y 50 a 100 cm de diámetro. Su copa es extendida, el tronco es recto y cilíndrico, a veces con contrafuertes grandes. Crece a poca elevación y con más frecuencia en la vertiente del Pacífico; Raro o ausente en los bosques lluviosos del Caribe. Su rango de distribución natural va desde México por toda Centroamérica, hasta Perú y Brasil. Se ha naturalizado en Jamaica y Trinidad y se siembra en el sur de Florida, Cuba, Republica Dominicana, Haití, Puerto Rico e Islas Vírgenes. Fuera de nuestro continente, se le ha llevado a diversos lugares del trópico ya que bien se le aprecia como árbol de sombra, por sus semillas que son comestibles o como especie “melífera” (las abejas de miel colectan el néctar de sus flores). Además de “panamá”, se le llama chicha o anacaguita (Puerto Rico); bellota, castaño o tepetaca (México); zunzún (Venezuela) y camajuru (Colombia). 

El decreto de gabinete No. 371, del 26 de noviembre de 1969, declaró a l  especie como Árbol Nacional de Panamá.

Aves del país de la abundancia. Me daré el gusto de abordar el tema de las aves nacionales a través de una de las especies más importantes: el gallinazo. Ya se y lo he dicho antes: el buen gallote no es tan atractivo como un canario o un sangre de toro. Pero tampoco merecen mala fama o desconsideración, de los cuales pareciera ya tienen bastante. Mas bien, por su labor en la limpieza de la capital el Alcalde de la capital debería hacerles un reconocimiento público. ¡Seguramente, merecen también una estampilla!

texaseagle / CC BY-NC 2.0

Son dos las especies de gallinazos, bastante parecidas.  Se les puede distinguir por debajo, mientras vuelan.  El gallinazo negro (Coragyps atratus. “Gallote” no más, para los amigos…) presenta un parche blanquecino al extremo de cada ala.  El cabecirrojo o “noneca” (Cathartes aura), tiene dos tonos a todo lo largo de las alas, uno superior negro y otro inferior blanquecino.  El gallote es más abundante que la noneca y "aletea" con cierta frecuencia mientras vuela.  La noneca es una artista del vuelo planeado.

Y gracias a su agudo sentido del olfato la noneca es también más hábil localizando animales muertos.  El gallote no es capaz de oler así y con frecuencia depende de la noneca: vuela por encima de ella esperando a que baje a comer.  Cuando esto sucede aterriza y espanta a la noneca, que por naturaleza no es agresiva.  Cuando no le roba a la noneca, el gallote usa su excelente visión para encontrar alimento.

Recuerdo que a principios de los años ’80, Carlos Ayarza - en esos días estudiante de la Universidad de Panamá - hizo su tesis de licenciatura en Biología estudiando la dinámica de población del gallinazo en la ciudad capital.  Marcó casi un millar de aves con cintas de vinilo numeradas.  Carlos encontró que los gallotes capitalinos duermen principalmente en dos lugares: las islas Flamenco y Naos (Calzada de Amador), y el cerro Ancón.  Demostró también con sus propias observaciones y por los reportes que le enviaban otros biólogos y observadores de aves, que nuestros gallotes capitalinos se desplazaban no solo en el ámbito de la ciudad gran sino que llegaban también hasta Colón, la isla de Barro Colorado, Taboga, Chorrera, San Carlos e incluso a Aguadulce.

Y parte de la población de nonecas se van de paseo cada año cuando la migración de rapaces que sobrevuela Panamá, de ida y de vuelta,  en un número similar al de la población humana del país: hacia el sur en octubre-noviembre, hacia el norte a fines del verano.

El Azulejo. Esta es una de las aves más comunes en áreas urbanas.  Su coloración es azul grisáceo y macho y hembra son idénticos. Casi siempre anda en grupos o al menos en parejas; nunca solitaria. No defiende territorios. De vuelo rápido, pareciera que siempre está ansiosa y a la expectativa: termina muriéndose si se le pone en una jaula. Con seguridad se acercará a nuestras casas si colocamos frutas en un comedero. 

knowprose / CC BY-NC-SA 2.0

Propia de América Latina, el azulejo se distribuye desde México hasta Bolivia. Los biólogos la conocen como Thraupis episcopus. En Costa Rica le llaman  “viuda”, en el Perú “violinista”, “tangará azul” en México, y así.

¡Ah, colibríes! Gemas volantes que únicamente existen en América, ¡Ojala su presencia no nos dejara nunca de asombrar! “Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí”, decía el maestro José Martí. ¿Exageraba? No creo. Y miren que allá en la tierra natal de Martí, la hermana República de Cuba, es endémico el colibrí más pequeño del mundo - que es además el pájaro más pequeño que existe - y lo llaman “zunzuncito” (por aquello del “...zumm” que producen sus alas). De pico a cola: 6 centímetros. ¿Su peso?  menos de 2 gramos. Mellisuga helenae es el nombre en latín del zunzuncito.

“Colibrí” nos llega, por intermedio del francés, de los indígenas caribes de las Antillas. Siendo las aves más pequeñas que existen y con un metabolismo tan alto, están obligadas a visitar hasta 2500 flores diarias para cubrir sus necesidades de energía.  A una velocidad promedio de 30 km/hora… ¡Teóricamente un colibrí tiene que volar unos 240 kilómetros cada día! 

Son más de 300 especies las que existen y con 59 de ellas, Panamá se lleva una buena representación. Atención que en realidad el plumaje de los colibríes únicamente posee pigmentos negros, grises, blancos, marrones y morados oscuros;  pero la forma y disposición de sus plumas refleja y refracta la luz dando como resultado los bellos tonos iridiscentes que caracterizan a estas diminutas joyas volantes. Por eso, para observar o fotografiar colibríes en todo su colorido las aves deben estar bajo buena luz.