1 Jul 2015

Sobre la biodiversidad agrícola…

(Foto: Flickr - curtapanama / CC BY-NC-SA 2.0)

Por: Jorge ventocilla

 

Hace unos años, cuando junto a  Agripino Ríos trabajábamos en el libro de la historia de Cébaco (1), por peso propio nos pareció esencial abordar el tema de las semillas, dentro del capítulo sobre la agricultura en la isla. Con sus 8,000 hectáreas, Cébaco, ubicada en el golfo de Montijo, en Veraguas, es la tercera isla en tamaño del país, detrás de Coiba y San Miguel.

 

En la comunidad Platanares de Cébaco vive don Francisco Calle, a quien todos llaman “Maestro chico” o simplemente “Maestrín”. El  hombre ha hecho agricultura toda su vida - que ya va por la séptima década - y ha sido testigo de los cambios en el entorno ecológico de su isla. Estaba joven aun cuando se extrajo la caoba y otras especies forestales, sobre todo en la segunda parte de los 40 y la primera mitad de los 50 del siglo pasado; vivió el boom de la pesca de los langostinos. Más recientemente ha visto cómo muchos organismos, sobre todo del mar, entraron a formar parte de la dinámica del “Dios mercado” desapareciendo casi de la mesa de la gente o disminuyendo muchísimo; tal es el caso de tiburones y mantarrayas, por la demanda de sus aletas. En los últimos 15 años le ha tocado ser testigo de cómo algunos de sus paisanos han vendido las tierras, principalmente a especuladores de fuera de la isla, mientras él se aferraba al pedazo de montaña heredado de sus padres, donde ellos y él sembraron y cuidaron árboles que hoy en conjunto destacan como un santuario aislado no decretado, allá cerca al mar en su pueblo de Platanares.

 

Anotaré aquí textualmente, algunos de los comentarios que nos hizo Maestrín cuando le preguntamos sobre la agricultura en Cébaco. “De guineos tenemos”, dos dijo, “[las variedades] patriota, chino, enano, hartapobre, manzano, cajeto, dominico – dos clases, uno blanco y uno morado, o quinientos, que lo trajo Teresa Ríos de tierra firme, de Los Bonitos – así como el primitivo o pirito. Y el plátano blanco, que lo hay pero no en todos los sectores ni son todos los que lo tienen en la isla. De frijoles tenemos: capisucio, mantequilla, blanco, rojo, prontoalivio, coibeño, azulillo, cariblanco y garbanzo.”

 

“Hace como 30 años que se comenzaron a acabar las semillas” – siguió comentando Maestrín. “Frijol kimbol, uno blanquito, muy bueno, ¡Ya no existe! Uyama [zapallo], había pero se perdió… El único que tiene maní ahora es Ruperto [Saavedra, de Platanares]. La papa Castilla, un bejuco, también se perdió la semilla por estos lados. Igual que la sandilla criolla, aunque todavía queda en El Jobo [otro sector poblado de la isla]. Tipos de yuca que existen son la yastá, la yema de huevo, blanca, piepalomo, chilibreña y la panameña… ¡con un palo de esta se llenaba una moteteada de yuca! De maíz tenemos calilla, punto cuatro, blanco y granadín.”

 

Sobre el arroz, un cultivo tan preciado para la gente del interior, Maestro chico nos dijo: “La semilla que se usa ahora es nueva. De las de antes ya no hay ninguna o quedan poco;  estas eran la pedromonte, arroz chino, chino patiblanco y chameño o petaca, que se dejó de sembrar hace dos años [el 2006, cuando la entrevista].

 

Aunque en la ciudad ya no nos vemos como parte del mundo natural - y pensamos que éste solo está fuera de nosotros y en los museos -, los seres humanos somos parte de la “diversidad biológica” e incluso la creamos. Con el trabajo productivo en la tierra, seleccionando y domesticando vegetales y animales, los humanos hemos aumentado la diversidad. Por “diversidad biológica agropecuaria” se conoce a los vegetales, cultivados y silvestres, y a los animales,  domesticados y en estado salvaje, que existen en nuestros sistemas de producción.

 

Algunos especialistas piensan que hasta siete de cada diez variedades agrícolas del mundo, se han perdido en los últimos 100 años. Esta situación ha disminuido las posibilidades de una vida mejor no solo a la generación actual sino y sobre todo, a la de nuestros hijos y su descendencia.

 

Vienen a mi memoria estos recuerdos de Cébaco y hago la reflexión sobre las variedades agrícolas, reuniéndolas aquí, en la Luna Llena de junio del 2015, porque me encuentro en la región de Pisaq, Valle Sagrado de los Incas, en Cuzco, Perú. Hay aquí un “Parque de la Papa”, esfuerzo de comunidades indígenas interesadas en la protección de sus semillas. Para no reinventar la rueda, cito comentarios sobre el Parque de su página web (www.parquedelapapa.org). 

 

“Somos más de seis mil pobladores repartidos en cinco comunidades quechuas: Sacaca, Chawaytire, Pampallaqta, Paru Paru y Amaru. Todos los proyectos son administrados de manera colectiva bajo condiciones que aseguran la participación efectiva y la repartición de los beneficios derivados, de manera equitativa. Orgánicamente, las comunidades estamos organizadas en la “Asociación de Comunidades del Parque de la Papa”, que es el cuerpo de administración colectiva [y] aplicamos los principios andinos de dualidad, reciprocidad y equilibrio.”

 

“El Parque está situado en un micro-centro de origen y de diversidad de papas, uno de los cultivos alimenticios más importantes del mundo… protegido por siglos…y profundamente arraigado en los sistemas de alimentación de los pueblos Quechuas. Como su nombre denota, celebra la enorme diversidad de variedades de papas nativas y otros cultivos andinos nativos… Se dedica a proteger y  mejorar estos sistemas de alimentación y agrobiodiversidad.

 

…[Aquí se] vinculan conocimientos tradicionales con entendimientos científicos. El Parque  de la Papa tiene que ver con la auto-determinación de los pueblos indígenas y con el asegurar sus derechos  sobre la biodiversidad agrícola, los productos locales, el conocimiento tradicional, y los bienes y servicios relacionados a los ecosistemas.” 

 

Allá en Cébaco Maestrín me decía que él creía que ciertas semillas, ya perdidas en la isla, todavía se encontraban en lugares de tierra firme, al frente, donde amigos agricultores “que no veía hace añales.” Más de una vez pensé en hacer un viaje con él hacia esos sitios, pero no lo hice. En fechas recientes y trabajando en la región del Alto Bayano, al este de la Provincia de Panamá, me ha tocado observar cómo comunidades indígenas de la Comarca Kuna de Madungandi, y de Piriatí e Ipetí Emberá, cultivan variedades de arroz y de frutales que - al menos en mi experiencia - no se ven en comunidades campesinas aledañas. 

 

Tengo la certeza por experiencias vividas que diversidad cultural y biodiversidad agrícola van de la mano.  Este es un punto importante que quería destacar en esta Luna.

 

Termino recordando lo que me decía en estos días un amigo, Jorge Martínez. Para él, fue el tema de la recuperación de la soberanía en el Canal lo que unió a los diversos estratos del país; y que la valoración de la diversidad cultural (expresada no solo en los pueblos originarios), y su potencial para el bien común (como lo demuestra dentro y fuera de Panamá el tema de la biodiversidad agrícola, añado yo) bien podría ser hoy, una razón fuerte y válida de cohesión nacional. 

 

Amén.

 

 

(1) “¡Cébaco! La historia de isla Cébaco, Panamá, contada por sus pobladores” Smithsonian y Editorial Futuro Forestal, 2013. 192 pp.