2 Abr 2015

Sobre el Cormorán y un espectáculo de la naturaleza, cerca al Biomuseo….

Foto: Flickr - Fernando Flores / CC BY-SA 2.0

Por: Jorge Ventocilla

El cormorán,  Phalacrocorax olivaceus, es una especie acuática grande y de cuerpo esbelto. Tiene de adulto cerca de 70 cm, desde el extremo del pico al extremo de la cola. Paticuervo o pato cuervo, son otros nombres usados en Panamá; Neotropic Cormorant le llaman en inglés.

 

No solo frecuenta ambientes marinos; se desenvuelve también en ríos, lagos y otros espacios de agua dulce.  Tiene el pico negro y en gancho al extremo final, la cola terminada en “cuña", las patas negras y la coloración del adulto también enteramente negra.  Los inmaduros tienen blanco en el pecho y abdomen.  

 

Los cormoranes se alimentan de peces que capturan buceando.  En ocasiones se les ve en grandes grupos, con tan sólo el cuello y la cabeza fuera del agua.  También en árboles altos de las orillas, con las alas abiertas, secándose.  La isla Pacheca en el Archipiélago de Las Perlas, contiene la mayor colonia de anidación de cormoranes en Panamá, pero no son pocos los cormoranes que anidan, protegidos, en el Refugio de Vida Silvestre de islas Taboga y Urabá.  

 

Iniciando con los cormoranes, quisiera que hablemos en esta Luna de un fenómeno estacional de la naturaleza y el espectáculo a que da lugar, en lugares que incluso quedan muy cercanos, como los alrededores del Biomuseo. 

 

El “afloramiento” de las aguas en la bahía de Panamá ocurre a partir de mediados de diciembre.  Como las montañas en la parte central del país son muy bajas, el viento norte es aún fuerte cuando llega al Pacífico y “barre” las aguas calientes superficiales del mar.  Esto da paso a que aguas más profundas y frías, ricas en nutrientes, afloren a la superficie.  En estas aguas frías el fitoplakton aumenta rápidamente, situación aprovechada por el zooplancton que encuentra más alimento disponible.  

 

Luego, a lo largo de la cadena alimenticia, se benefician los peces pequeños, los peces más grandes y finalmente los pelícanos, gaviotas, cormoranes, fragatas y demás aves marinas, que en enorme número llegan a la bahía en los meses de verano.

 

Estábamos en estos días visitando a dos amigos, Patricia Zuluaga y Joel Willner, quienes viven sobre la mar, en la marina de la Calzada de Amador, en un pequeño velero de nombre “Brahms”. Patricia es cheff consumada y Joel pianista de primera; entonces cualquier visita a su casita flotante pueden ser muy grata.

 

Hablando estábamos de todo un poco y Patricia recordó el espectáculo que habían presenciado este  verano, por algo más de dos semanas de febrero. Al despertar y subir a cubierta se encontraban con el cielo y el mar alrededor de ellos lleno -  “…pero lleno”, insistía Patricia, de cormoranes, pelicanos, gaviotas y gaviotines dándose un festín con los peces que habían entrado al área. Nuestros amigos llevan seis veranos aquí, pero nunca habían visto algo de estas proporciones.

 

Nos mostraron las fotos y el video que aquí compartimos con ustedes: (link)

Y, por coincidencia, cuando fui al Biomuseo a entregar el video, Samantha Senn, me mostró otro que había tomado también en febrero y guardaba en su cámara, más cerca del Biomuseo. Aquí lo compartimos: (link)

 

Este espectáculo estacional de la naturaleza me trae a la memoria otros similares que se pueden ver en nuestra ciudad capital. Ahí están, por ejemplo, el paso de miles y miles de aves rapaces, cada octubre y noviembre, en su migración que se inicia en México las lleva hasta las pampas argentinas. O  el viaje de las mariposas Urania entre agosto y noviembre, volando entre edificios y calles como si estuvieran urgidas y nada las pudiera detener; raudas, en vuelo ondulante y a poca altura (…aunque es cierto que pasan menos en los últimos años). O la explosión de los guayacanes cuando empieza la época lluviosa.

 

Que no se nos olvide que espectáculos así suceden aquí pero no en cualquier ciudad capital. Y que tampoco se nos pase que su permanencia depende también, en cierta medida, de que nosotros tengamos los ojos abiertos y la capacidad de asombro aun vigente.

 

Trabajé un año en Punta Culebra y viajando por la Calzada en los meses del verano, más de una vez me toco ver el espectáculo de las aves marinas que Patricia y Joel me recordaron. Siempre pensaba que debía tomar unas fotos, o filmar si era posible, pero no lo hice. Por fortuna, Patricia tomó la iniciativa.

 

En el transcurrir del tiempo que nos toca vivir los rituales son esenciales. Pero ya casi no nos quedan y buena parte de los que persisten – la navidad, los cumpleaños – van demasiado copados por el mercado, que pareciera que nunca duerme. Nos haría bien celebrar colectivamente más ritos y estos eventos de la naturaleza son buenos candidatos. Hacer difusión de ellos cuando estén por comenzar; que se promueva el apreciarlos mientras suceden: …conocerlos, admirarlos, protegerlos.  

 

Se trata, como bien señala el escritor William Ospina, de esa necesidad urgente de “reencantar al mundo”.