12 Jul 2014

Sí que hay mangos…

Por Jorge Ventocilla

En lo que respecta a produccion de mangos, no todos los años son iguales; ni todos los arboles producen igual en cada temporada. Dicen algunos entendidos que dependen de cómo fue el verano, incluso que hay ramas de un arbol que producen más que otras… Vaya uno a saber. Lo que veo a mi alrededor en esta temporada es que hay mangos por doquier.

Hace unas semanas volvía en bus del interior y mientras miraba el paisaje por la ventana -  en lo que había de paisaje no interrumpido por las vallas publicitarias – se me dio por contar cuántos àrboles de mango había al borde de la carretera, por kilometro recorrido. Y les digo que como mínimo eran unos quince árboles de mango… Hay tantos de ellos en Panamá, que uno pudiera pensar que el mango es un árbol “del patio”.  

Lo cierto es que Mangifera indica, como su nombre en latín indica, proviene de la India.  Del este de la India, Myanmar (Burma) y de las Islas Andaman, para ser precisos.

He leído que los seres humanos sembramos mangos - y entonces seleccionamos variedades - desde hace casi seis mil años. Y que fueron monjes budistas quienes los llevaron a Malasia y el este de Asia, de cuatro a cinco siglos antes de nuestra era. Los persas lo habrían transportado al África, allá por el primer milenio después de Cristo.  Y fueron los portugueses quienes lo introdujeron (en el siglo XVI) al oeste de África y a nuestro continente: al Brasil, en primer lugar.

Para fines del siglo XIX  ya estaban en prácticamente todos los lugares del mundo donde pueden crecer.  De tal forma que hoy el mango es uno de los árboles domesticados más frecuentes en las tierras bajas - húmedas o semi-áridas - de los trópicos.  Se le sigue seleccionando para que rinda frutas más grandes, de mejor sabor, con menos fibra o de semilla pequeña.

Me gustaría poder aportar información sobre la introducción del mango a Panamá pero desconozco datos precisos. Entiendo que cuando se creó el Summit, que como su nombre completo anunciaba era un “Centro de Introducción y Propagación de Especies Tropicales”, se sembraron al menos quince variedades traídas de Cuba.  Alguien me comentó que aún perdura en Summit una plantación experimental de mangos de aquellos años, incorporada ahora a la selva circundante.  En tiempos recientes, y a través de agencias de cooperación agrícola, nuevas variedades mejoradas se han traído al país, especialmente desde Bolivia.

Con tanto tiempo que los seres humanos hemos estado sembrando mangos, no es de extrañar una gran variedad en forma, tamaño, color y calidad. Solo para la India se han descrito más de medio centenar de variedades de mango. Y ciertamente, la mayoría de los árboles tienen a una producción bianual: un año dan y otro no; o en el mismo árbol hay ramas que producen en distinto tiempo.

¿Cuánto produce un árbol? Pues depende de la variedad y de la edad (en comparación al promedio de árboles tropicales, los mangos son más bien longevos). Según la literatura, un árbol de 10 a 20 años de edad puede producir entre 200 a 300 mangos; al doblar en edad, la producción se duplica.  En plantaciones comerciales de la Florida se reportan alrededor de 30,000 kilogramos de fruta por hectárea.

La India es responsable por más de la mitad de la producción mundial de mangos, contando con un millón de hectáreas dedicadas a su cultivo; es también el líder mundial en exportación de mangos procesados.  En volumen de exportación siguen Tailandia, Pakistán, Bangladesh, Brasil y México. República Dominicana y Colombia están entre los diez primeros productores mundiales.

Tiempo atrás  me encontré con alguien que sí sabe de árboles.  El es José Deago, un colega botánico; no tuve que pedir mucho para que José empezara a hablarme de variedades populares de mangos en el país.

“El mango que más se vende en la ciudad – me dijo -,  es el mango papayo.  Todo el mango que tu ves a la venta en las calles, sea entero o en rebanadas y con sal y un poco de pimienta y vinagre, es mango papayo. Es un mango relativamente grande, de poca fibra, de buen sabor y dulce.  Su pulpa - o ‘masa’ como le dice la gente -, es consistente: por eso al papayo se le puede comer  aunque ya esté un poco jecho”, me dijo José, con su acento interiorano.

“El carate o hilacha, es el más fibroso y en cuanto a calidad no es de lo mejor.  Pero eso sí: el árbol es muy resistente, crece con facilidad.  El mango piro, es el mejor para hacer dulce de mango; no hay en la ciudad  pero lo recuerdo por los lados de  Parita y las orillas del Santa María, donde yo jugaba de niño en fincas de familiares.”

“Para muchos, el más sabroso es el mango calidá - así, sin la ‘d’ al final. Es un mango pequeño y aromático. No se ve ni se comercializa en la ciudad, pero quien lo conoce por el olor lo saca.”

“Otra variedad es el torcazo, un mango de cáscara morada, poco común y que no produce mucho. Aunque es muy buen mango, es difícil hacerlo crecer.  Y no se debe dejar de mencionar al huevo de toro, de fruta alargada, no tan dulce y que más que consumirlo lo usamos como  base o  ‘patron’ para injertos”, termina de ilustrarnos el botánico José Deago.

Como dice una amiga, el mango siempre ha sido una de esas frutas victima de los nombres populares: que si mango chancleta, que si mango huevo de toro... “el mango normal creo que no existe!”, reclamó.

Mientras duren en temporada, pues disfrutemos de los mangos. Y mejor nos van a saber, si conocemos su rica historia.

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