23 Jun 2013

El Almendro de playa

Por Jorge Ventocilla

 

Hablemos en esta Luna de un árbol bastante frecuente en pueblos y ciudades de Panamá. En la Calzada de Amador y en los alrededores del Biomuseo también lo podemos encontrar. Árbol que da buena sombra y  crece rápido y tolera cuando es preciso, suelos donde otras especies no prosperan, como las cercanías del mar.

Sus ramas suelen brotar casi horizontales desde la misma altura del tronco. Luego sube un poco más, limpio, y vuelve a repetirse la capa de ramas. Hay personas que sabiendo podarlo en unos pocos años logran una excelente “sombrilla vegetal” para sus jardines. ¿El nombre científico? Terminalia catappa, del latín terminalis-e, “en los extremos”, aludiendo a la forma de crecer de las hojas, al extremo de las ramas; y catappa por su nombre popular malayo: katappan.  

Los innumerables nombres populares que tiene dan fe de su presencia en muchas áreas tropicales.  Cito algunos: almendro de la India, es otro en castellano; tropical almond o sea almod (inglés); amendoeira da India (portugués); castanhola (gallego); harara o kaduk-kai (hindu); ho-di-lê, ho-tsze o k’o-tzu (chino). Hasta nombre en sánscrito tiene: pathya.

Por el nombre no lo confunda con el almendro de montaña (Dipterix panamensis), árbol esencial en la dieta de animales silvestres panameños  - ardillas, ñeques, conejos pintados, monos y demás -  porque produce fruta cuando escasea el alimento. Como su nombre indica, éste otro “almendro” solo crece en la selva.

El almendro de playa es oriundo de la India y regiones aledañas.  Dice la literatura que está entre los árboles más comunes en India, Malasia y gran parte del sureste asiático, y que alcanza alturas de 25-30 m. No crecen tan alto en nuestros lares; aquí son más bien medianos o pequeños, suficiente para su uso frecuente: dar sombra. Incluso, cuando le cortan el ápice de crecimiento, el almendro de playa puede que quede bastante retaco…

Sus flores no son conspicuas. Sus frutos, de unos 7 x 5 cm. son verdes al principio, luego amarillos (...¡aquí es cuando en el campo los niños los buscan para comer su parte externa!); al final, tras caer del árbol, se tornan marrones. La semilla o “coquito” que se obtiene rompiendo el fruto, recuerda a las almendras (verdaderas) que comemos en navidad (Prunus amygdalus); pero estas provienen de otra familia de plantas, las rosáceas, donde también se ubican la manzana y la pera.  Por si tiene la curiosidad, hacer germinar las semillas del almendro de playa es bastante sencillo y en este tiempo el árbol está en producción.

Sus frutos suelen encontrarse en la arena, traídos por el mar.  La gruesa y fibrosa cáscara les permite bogar en las olas sin hundirse hasta por más de dos años.  Ahí van, en la mayoría de las corrientes tropicales y su posibilidad de germinación tras el viaje es bastante alta (sobre este tema de las “semillas viajeras” conversamos largo en la Luna de marzo).

Me dijo hace unos años el botánico Rafa Aizprúa que el fruto era muy consumido por las guacamayas escarlatas de isla Coiba. Hay muchos almendros en playa Barco Quebrado de la isla mayor de Panamá, y cada día, al atardecer, llegan las aves para alimentarse.

Además de las corrientes marinas y la acción del ser humano, sin duda son los murciélagos comedores de frutas quienes contribuyen a la amplia dispersión del almendro: a estos mamíferos voladores les encanta comer su pulpa externa. Quizás recuerda haber visto en casas o solares abandonados, montículos de frutos de almendro todos mordisqueados: son los restos de las cenas de los murciélagos fruteros.

Hay un sinnúmero de aplicaciones medicinales citadas para las distintas partes del árbol. Señala el colega Adalberto Gómez, biólogo residente en Palmas Bellas de Colón, que por allá el agua donde se remoja el fruto machucado se usa para “aclarar los riñones”, y también para los dolores de cintura. Por sus propiedades antibacteriales hasta los criadores de peces tropicales lo utilizan, pues mantiene en condiciones saludables el agua de los acuarios.

Leí alguna vez, de un pensador anónimo, que las raíces de los árboles eran como agujas de acupuntura que curaban a la Tierra. Cuánta bondad se puede observar en los árboles, en los vegetales en general, si les ponemos atención. Un día un amigo que con razón estaba desanimado con la sociedad, me dijo tajante: “¡En lugar de enviar gente a otros planetas, deberíamos enviar plantas!” …bueno, creo que quizás lo ideal sería enviar gente también. Pero antes, sí, seguro: muchas plantas.