20 Jun 2016

Paisaje Sonoro Protegido

Barro Colorado, foto por Pilar Berguido CC BY 2.0

Foto por Pilar Berguido CC BY 2.0

“Una vez que aceptamos la idea de que el paisaje sonoro es una fuente valiosa de información – una narrativa extraordinaria aun por descifrar – entonces se nos revelan nuevos mundos para explorar. Y si queremos pensar en el impacto que tenemos sobre el mundo natural, sería mejor escuchar lo que los organismos vocales no-humanos nos están diciendo”

Bernie Krause

Esta  es una Luna Llena doblemente bella pues coincide con el Solsticio de Verano (o de Invierno, si se habita en el sur). Hay todavía pobladores rurales, indígenas sobre todo, a lo largo y ancho de nuestro continente que siguen celebrando rituales de solsticio cada año. Y lo hacen para honrar y agradecer a la tierra, al sol que la alumbra y a quienes con respeto y ternura ellos llaman abuelos, los antepasados. Vuelan abrazos hacia donde haya seres humanos celebrando el Solsticio.

Tras ese saludo necesario, vayamos a nuestro tema. 

 

Leí hace varios años que en Japón había una categoría de manejo de áreas silvestres denominada “paisaje sonoro protegido”. ¡Qué altura la de los japoneses!, pensé. Decidir cuidar un área porque contiene sonidos naturales valiosos para la colectividad, del presente y del futuro ¿No es un elegante detalle de civilización?

Como suele pasar con las buenas noticias (pero la verdad sea dicha: nos sucede también con las malas), la idea quedó en mi cerebro, sin llegar a hundirse en el mar de información por el que hoy navegamos. Más de una vez la compartí con amigos a quienes sabía les aportaría el doble gusto que da aprender algo nuevo y positivo.

Y he aquí que el tema vuelve nuevamente, esta vez en una larga entrevista a Bernie Krause (Detroit, 1938), músico, con un doctorado en bioacústica, y autoridad mundial en el emergente campo del “soundscape ecology” – la ecología de los paisajes sonoros. La entrevista es de Leath Tonino y aparece en el No. 465 de la revista The Sun (thesunmagazine.org).

Desde niño Bernie Krause tuvo que hacer frente a un problema de salud bastante complicado: sindroma de hiperactividad y déficit de atención. Él recuerda que nada lo calmaba tanto antes de dormir como los sonidos de la naturaleza, escuchados desde su ventana en el campo donde vivía. Sus padres, que para nada estaban conectados con lo silvestre, lo animaron a tocar violín a partir de los tres años de edad. Y Bernie se hizo músico. 

Mucho antes de llegar a ser un “enamorado de la naturaleza y científico” formó parte de grupos de acompañamiento musical de meros personajes como George Harrison y Stevie Wonder. Como nunca es tarde, ya en sus 40 decidió dedicarse a estudiar lo que Natura decía. Dejó Hollywood y sus bambalinas y empezó la carrera de bioacústica. Hoy en día y habiendo recorrido varios continentes, grabadora en mano, entiende como pocos a los paisajes sonoros, lleva producidos una serie de discos compactos, incluyendo una sinfonía con el reconocido director Richard Blackord donde música que brota de pianos, chelos, contrabajos y demás, se intercala en armonía con sonidos logrados por Krause de jaguares, pájaros, vientos y hasta glaciares. La labor a la que  dedica su vida lo ha llevado también a publicar cuatro libros (que ojalá un día estén disponibles en español). Se puede ver una conferencia TED de Krouse en el enlace: 

http://www.ted.com/talks/bernie_krause_the_voice_of_the_natural_world

Bernie Krause, en su conferencia en TED.

La primera grabación de un sonido de la naturaleza fue hecha en Alemania por Ludwig Koch, allá por 1889. Y fue del canto de un ave. Y desde entonces ha habido un énfasis de grabaciones en este grupo de animales. Krouse mismo tiene en archivo 15,000 especies, incluyendo aves, pero él insiste que su objetivo ha sido grabar el hábitat entero y no especies individuales: sonidos colectivos de organismos no humanos, que él llama ‘biofonías’ porque les ha encontrado un ritmo y una cadencia. “Busco un acercamiento holístico. Nunca he estado interesado en hacer grabaciones de especies en particular; vocalizaciones individuales separadas del contexto”, nos dice. “…Sería como tratar de entender la Quinta Sinfonía de Beethoven, prestando atención solo a los violines.”  

 

El término “soundscape”, que aquí traducimos como “paisaje sonoro”, fue acuñado por el compositor y naturalista canadiense R. Murray Schafer, en 1977. Agrupa a todos los sonidos de un hábitat, sean estos generados por organismos vivientes o no. “Los sonidos no-biológicos son el viento entre los arboles, la corriente de una quebrada, las olas en la orilla y aun el movimiento de la Tierra. Estos fueron algunos de los primeros sonidos que hubo en el planeta”, anota Bernie Krouse.

 

Este músico investigador y sus colegas, nos dicen que cada vez son más escasos los espacios silvestres en donde no hay interferencia sonora humana. Sea por la alteración hecha al ambiente o por el mismo ruido que de una u otra forma generamos. Ruido que muchas veces no tiene nada que ver con la necesidad de comunicación, de “decir algo”, como sí sucede en las manifestaciones sonoras de los animales.

 

“Cerca del 50% de los hábitats donde he hecho grabaciones en los últimos 45 años han sido tan severamente dañados […por la explotación de recursos forestales, minería, deforestación, etc.] que hoy son o biofónicamente silenciosos o alterados al punto de ser ya irreconocibles”

 

A la pregunta de Tonino ¿Es el sonido una mejor forma de juzgar la salud de un ambiente que nuestros ojos?, Krause responde, “Pienso que sí. Es fácil engañar a los ojos. Enmarca una buena foto de la vegetación del Central Park y pensarás que fue tomada de un bosque prístino del noreste [de Norte América]. Pero el oído te dirá otra cosa. Una imagen puede ser mejor que mil palabras, pero un paisaje sonoro es mejor que mil imágenes”

Foto por Patrick Denker CC BY 2.0  

Beth King, encargada de Comunicaciones del Instituto de Investigaciones Tropicales Smithsonian, me recuerda de algunas de las investigaciones en bioacústica que sobre el tiempo han sido realizadas aquí en Panamá. Cinco décadas atrás se estudió en la isla Barro Colorado la respuesta del paisaje sonoro - en esa época el término aun no se había acuñado - a la presencia o no de seres humanos dentro. Clásicos son ya los estudios de las llamadas amorosas de ranas realizados por el recordado investigador A. Stanley Rand, tanto en la isla como en los alrededores de Gamboa. Más recientemente se estudió la comunicación en especies de insectos salta-hojas (homópteros), donde las hembras se comunica con su prole vía percusión producida por su cuerpo al “raspar” los tallos de las plantas donde viven.

 

Tengo un recuerdo muy simpático de cuando guiábamos por los senderos de la selva, a los visitantes de Barro Colorado. Habíamos habilitado un recodo del sendero con tres bancas, para que todo el grupo de visitantes se siente. En esos años de la década de los 80 y 90 para buena parte era la primera vez que caminaban en un sendero interpretativo en el bosque. Una vez ahí, les pedíamos que se pongan cómodos, cerrasen los ojos y nos los abrieran hasta escuchar diez sonidos naturales diferentes. Les digo: la disposición de quienes pasaban por esta sencilla dinámica solía ser muy distinta después de vivirla. Y claro, ¡Vivimos con tanto ruido que distrae en la cabeza! Más de una vez nos pidieron repetir la experiencia más adelante en el sendero, por el puro placer de hacerla.

Foto por Patrick Denker CC BY 2.0  

Me pregunto si alguna vez podremos nosotros nombrar (e implementar en la realidad), una categoría de manejo como la de los japoneses - aquella que sirve de título a esta Luna Llena. Quién sabe. No hay que perder las esperanzas. Pero por lo menos podríamos empezar haciendo un esfuerzo serio para poner orden y controlar el volumen de la música y películas en los buses de transporte público al interior. Volumen que casi cada vez agrede - sin razón ni beneficio - a todos los usuarios por igual, quienes están pagando por un servicio.