20 Ago 2013

Luna de nance

Por Jorge Ventocilla
 

El genero de vegetales byrsonima cuenta con 135 especies pero entre todas ellas hay una que destaca por su extendido uso entre los seres humanos: la especie crassifolia.

Byrsonima crassifolia, así es el nombre en latín del nance, árbol nativo de América cuya distribución natural abarca desde el sur de México hasta el Perú y Brasil. Sin duda, es uno de los árboles mejor conocidos por los habitantes de Panamá. Propio de nuestra vertiente del Pacífico, no lo encontraremos en las selvas maduras, más bien siempre cerca a las viviendas humanas, sea en lo rural o en plena ciudad.

Además de la tierra firme americana, también está presente en islas caribeñas como Trinidad, Barbados, Curazao, Puerto Rico, Haití, República Dominicana  y Cuba. Y claro, le tienen muchos nombres populares; aquí van algunos de muestra: changugu, chi, nance agrio, nanche, nanchi y nantzin, en México; nancito o crabo en Honduras; crabo también en Belice; doncela y maricao en República Dominicana; peralejo en Puerto Rico y Cuba; tapal en Guatemala; chaparro (será por el tamaño del árbol), mantequera o noro, en Colombia; mirixi o muruci-da-praia, en Brasil; y así…

Sus flores vienen en racimos y son de coloración amarilla.  Las pequeñas frutitas, que abundan en este mes de agosto, son verdes cuando salen pero luego tornan amarillas. Maduras son particularmente olorosas, con piel delicada y pulpa blanca, jugosa, variando de insípida a dulce. Hay dos clases, uno chiquititos, ácidos, buenos para chicha y pesada. Y los grandes, a veces bien dulces, que no son buenos ni para chicha ni pesada pero que los niños gustan comer como fruta.

Al natural se propaga a través de semillas pero es fácil hacerlo germinar por estacas. Menciona en sus escritos David Fairchild - botánico que trabajó en Panamá en los inicios de la Zona de Canal – que llevó consigo semillas de nance para el Departamento de Agricultura de Los Estados Unidos. He leído que algunos árboles existen en colecciones del sur de la Florida; aunque dada la facilidad con que se propaga, no me extrañaría que hoy esté diseminado por donde pueda crecer. Fue introducido en las Filipinas en 1918.

Además de la popular “chicha de nance” y de la no menos mentada “pesada de nance”, el árbol y la fruta se usa con diversos fines. Las frutas, cuando verdes, son buenas para teñir telas de algodón: la cáscara da un ligero tono marrón. La corteza también tiñe el cuero resultando en un color ligeramente amarillo. Ramas cortadas y trituradas, sumergidas en corrientes de agua, sirven para atontar y capturar peces. En el Magdalena, Colombia, un aceite comestible se extrae hirviendo las frutas.

Se hacen helados de nance (no menciono dónde los vende en ciudad de Panamá por aquello de no hacer publicidad, pero ya muchos sabe), y en Costa Rica se comercializa un licor de nance.

Y tiene sus toques medicinales: el té de corteza de nance se usa para controlar la diarrea y también contra las lombrices. La madera no es tan durable, pero se emplea para fabricar agarraderas de herramientas y construcción en pequeña escala. En algunos países hacen carbón con el nance. 

Sin duda es una de esas frutas que tiene por un lado su legión de fanáticos, y por otro su no poco personal que ante ella dirán “no gracias, paso...” 

Yo recomiendo darle una oportunidad al nance. Y debo decir que soy de las personas que aprendió a apreciarlo, ya mayorcito. Debo el gusto a la señora Maritza Samudio, Mary, que un día nos preparó y deleitó con una “pesada de nance, con queso blanco y leche evaporada”: a partir de ese día en casa nos pasamos al bando de los admiradores del nance.

Aquí  las recetas de Mary:

Chicha de nance

Se aprietan las frutas con la mano, si no hay licuadora; se les pasa agua en un cedazo, hasta que solo queden las semillitas. De ahí se pone la raspadura, se revuelve, se agrega hielo y ya. Licuado parece un batido, y es mas rico.

Pesada de nance

Se prepara el nance aparte, igual que como para hacer chicha. Se disuelve maicena en agua, aparte. Luego se unen ambos, se agrega la raspadura y se pone al fuego. Hay que quedarse ahí, en fuego lento, revolviendo con una cuchara - mejor de palo - para que no se apelotone; hasta que se haga la pesada como en 25 minutos. Cuando ya se espesa, se baja el fogón, bien bajito y sin taparlo. Y se deja así una media hora mas, revolviéndolo cada 5 minutos.  Se sirve con queso blanco rayado y leche evaporada.”

Así es pues: la biodiversidad no solo está en los museos, en las selvas y en los azules mares. También y cada día acude a nuestra mesa.

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