19 Jul 2016

Entorno sonoro (y visual) desprotegido….

Foto por V. Leblet

Foto por V. Leblet

Pensé añadir “impunemente desprotegido” al título, porque es la realidad, tal cual, pero ya la frase se hacia muy larga... Hablábamos en la pasada Luna sobre la ecología de paisajes sonoros y los esfuerzos de algunas sociedades humanas por valorarlos y protegerlos. Y nos preguntábamos al final si alguna vez podríamos aquí en Panamá, considerar implementar algo parecido. Sea el texto de hoy una pequeña propuesta en la dirección hacia un mejor entorno sonoro (y visual) para nuestra gente.

 

Comenzaré diciendo que años atrás planeábamos en casa un viaje desde ciudad de Panamá a Boquete. Y nuestra hija, en ese entonces de 13 años, propuso viajar en transporte público y no en el automóvil familiar, por aquello de la ecología. El argumento era contunde y así hicimos.  Nos fuimos a la Terminal y agarramos nuestro bus Panamá-David. 

 

Y, ¿qué tal el viaje? Pues …el tiempo alcanzó para tres películas (¡tres!) en las pantallas  del bus, cada una más toxica que la otra. Los argumentos de estas iban de guerra y violencia extrema, a combate al narcotráfico con muy claros culpable sureños y justicieros del norte, culebrones desgarradores, y temas similares. Cada película mostrada sin mediar consulta, vino bien sazonada con muchísimos decibeles logrando un volumen tal que ganas daban de abandonar la nave. 

 

Un mezcla de imágenes agresoras y ruido ensordecedor que convirtieron esas seis horas de viaje en un calvario. Por el cual, además, pagamos.

 

Las dos veces que me acerqué a solicitar que bajen el volumen, el caballero conductor y su ayudante me miraron con cara de estar ante un marciano. Bajar el volumen y cambiar de película ya me parecía un combo imposible de lograr, por lo que opté solo por tratar de aplacar los alaridos, cañonazos y ráfagas de armas de repetición que rugían dentro, mientras afuera del bus discurría el paisaje de la campiña interiorana. Cada vez y por unos minutos después de mi solicitud los decibeles disminuyeron un poquito, volviendo a lo “normal” tres o cuatro ráfagas de balazos después.

Foto por Zach Welty, 

¿Una excepción? ¿Algo que sucede únicamente en Panamá o tal vez solo en la ruta a David? No es así. Llevo décadas encontrando esta situación dentro y fuera del país. Y creo que el asunto está logrando incluso el milagro de poder empeorar. Donde vayamos hoy en día nos persiguen las pantallas de TV/DVD, y/o algún estruendo dizque musical.

 

Sí, claro: me ha tocado bajarme del bus alguna vez; para encontrarme con una situación similar en el siguiente que tomaba. Que la generalización del daño no nos sirva de excusa ni de consuelo de tontos. Y no se crea tampoco que soy un ermitaño o monje eremita: la música está entre mis posesiones favoritas, y de que me gusta ver cine, por supuesto que sí. 

 

Pero estamos hablando de otra cosa, que no se cómo algunos califican de disfrute. Y el problema es que los seres humanos podemos acostumbrarnos a cualquier situación, incluso a aquello que no deberíamos tolerar, por principio mínimo de estética y de salud.  Sigo y seguiré viajando en bus porque me creo que en alguito aporta al tema ambiental , pero quizás y sobre todo porque es una manera de experimentar la vida de la mayoría, en cualquier parte.Cuando me toca una de esas experiencias que narro, me pregunto silos que producen y venden esas películas pensarán que somos brutos o acaso la idea será embrutecernos. 

Una escena frecuente en época escolar - digamos en un coster Hicaco-Soná, ruta que uso con relativa frecuencia. Estamos a primera hora de la mañana y escolares de primer y segundo ciclo suben al transporte público, con sus uniformes trajinados pero limpios y bien planchados. Viéndolos, uno piensa en el esfuerzo que se hará en casa para que algo así suceda: mandar a los hijos a la alejada escuela secundaria, bien presentados, pagando transporte y demás… ¿Y cuál es la primera lección que estos chicos reciben en el día, en el momento cuando la mente está más fresca y receptiva? La que transmite a todo ruido la infaltable pantalla del vehículo: el videoclip del cantante aquel, de lentes oscuros, oro en cantidad en cuello y muñecas, rodeado de admiradoras que se derriten por él, al volante un brillante automóvil deportivo de lujo, y vociferando a todo pulmón cualquier cosa que a él o a su manager les parecen lirica. Un tipo con éxito en la vida, cómo no… pero no con el éxito que con esfuerzo buscamos la Nación, esos estudiantes rumbo a la escuela y sus padres.

 

Me tocó en suerte los tres años pasados formar parte del comité organizador del “Festival Internacional de Cine Documental del Bayano”. Cada año por el mes de agosto y como parte de un proyecto de conservación de bosques y de resolución de conflictos territoriales, durante cinco días se mostraban documentales panameños y del exterior en sendas comunidades campesinas, emberás y kunas. Una discusión rica y sustanciosa seguía después de cada presentación y quedaba flotando productivamente en el ambiente del Alto Bayano por buen rato. Cada vez nos apoyaron (por pura vocación y sin cobraros un centavo) personas y entidades ligadas al quehacer cinematográfico panameño, entre ellos “Cosmovisión, cooperación, cine y desarrollo”; el “Grupo Experimental de Cine Universitario” (GECU), “Mente Pública”, “Acampadoc” (de la provincia de Los Santos) y “EnRedarte”, al igual que cineastas independientes. 

 

Festival de Cine Documental del Bayano, foto por Konivera films, 

En repetidas ocasiones conversamos largo con representantes de esas organizaciones, abordando también la problemática en el transporte público a la que estamos haciendo referencia en esta Luna. Debo decir que todos manifestaban estar dispuestos a brindar su apoyo con películas y orientación, si se adelantase un programa de buen cine en alguna empresa de buses.

 

Suelto entonces una botella al mar con mensaje dentro: ¿Será que es posible lograr que una empresa de transporte local cambie las películas que muestran por un material, vamos a decir “saludable”, que entretenga e informe a sus usuarios (y a un volumen racional)?. El material lo podemos reunir y ofrecer. Lo que se necesita es voluntad y decisión de alguna empresa.

 

No me digan por favor que a todo el mundo le gusta que le achicharren el cerebro y le maltraten el sistema auditivo. Porque si nos creemos cuentos de ese estilo, ahí es cuando ya estamos perdidos.

 

El tema no se agota con nuevas películas y menor volumen, habiendo mucho espacio para la creatividad. ¿Por qué no pensar también, por ejemplo, en horarios puntuales en los que se ofrezca al usuario, que no habrán ni música ni films en el recorrido? Estoy seguro que no soy el único que quisiera poder viajar algunas veces hacia el interior leyendo sin molestias, o simplemente aprovechando para observar bien y al menos desde la Interamericana, ese mundo mayoritario de Panamá que es el Interior.

 

¿Algún amable lector no tendrá por ahí cerca un pariente o vecino dueño de una empresa de transporte? ¿O un chofer que quiera mejorar el servicio que ofrece a la comunidad?

 

Deseo terminar indicando que en el país hay profesionales muy calificados que se ocupan con esmero de la problemática de la contaminación acústica. Es el caso por ejemplo, del doctor en física Eduardo Flores, quien cuatro años atrás junto con su esposa la bióloga con maestría en ingeniería ambiental María de los Ángeles Castillo, publicaron el libro “Contaminación acústica”. El libro, con amplia información sobre la situación en el país, fue presentado un 25 de abril, Día Internacional de la Conciencia sobre el Ruido. ¿Les suena familiar el nombre del Dr. Eduardo Flores? Es el nuevo rector de la Universidad de Panamá. 

 

Gente y conocimiento los hay: se requieren decisiones. Y a veces los pequeños emprendimientos, como el que podría adelantar una línea de buses, aportan mucho.