18 Ago 2016

1,000 [caobas] a los 65

por: Jorge Ventocilla

“Yo siento que seria mayor mi devoción por la dulce y cristiana bondad del Evangelio, si al santo precepto de “Amaos los unos a los otros”, se juntase otro que dijese así: Amad a los árboles”

José Carlos Mariátegui

 

He recibido comentarios valiosos sobre el problema de la contaminación sonora y visual en el transporte público (Luna Llena de julio pasado). Los aprecio y agradezco y pienso que en algún momento debemos volver al tema. Pero esta Luna está separada desde hace meses para una experiencia grata y ejemplar que me tocó conocer de cerca en Veraguas.
 
Vale explicar primero, pensando en los lectores de fuera del país (no se crea: los hay) que el gobierno panameño desarrolla a través del Ministerio de Desarrollo Social, el Programa Especial de Transferencia Económica a los Adultos Mayores, el cual consiste “…en la entrega de 120 balboas mensuales a las personas adultas mayores de 65 años o más sin Jubilación ni Pensión, en condiciones de riesgo social, vulnerabilidad, marginación o pobreza”.
 
120 a los 65 se llama popularmente el Programa. Parafraseando dicho nombre hemos dado título a nuestro escrito.
 
Sucede que conocí a un caballero digno de un premio ambiental nacional. O de un pergamino de reconocimiento de la Asociación de Reforestadores. Su nombre es Filomeno Aguilar (*) y sonreía, no más, cuando yo le mencionaba aquello de los premios que merecía.
 
Como casi cada día y a partir de las 5:30 am, Filomeno hacía su camino por la orilla del río Calovébora, en la Provincia de Veraguas, para trasladarse desde su casa en el pueblo hasta “Los Espavés”, su finca a la vera del río. Caminábamos juntos. Unos buenos amigos de Santa Fe me habían comentado de su plantación de caobas y yo quería ir con él mismo a ver los árboles. Para que fuera él, además, quien me contara cómo y por qué se le ocurrió sembrar más de mil ejemplares de una de las mejores especies maderables nativas de Panamá. Especie amenazada o en peligro de extinción además, en buena parte de su rango de distribución dentro de la América tropical.
 
- “Viera que fue en 1992 que sembré esos caobas. Y lo hice pensando en mi jubilación, pa´cuando llegase el momento en que ya esté viejo… Como no tengo seguro social, pues me inventé uno con las manos”, fue lo que sin mucho preámbulo me dijo poco antes de llegar a la finca.
 
Don Filomeno Aguilar es modelo 1942. “Buen año”, acotó. Al igual que sus padres y sus abuelos, nació en la provincia de Veraguas. Siempre ha sido agricultor. Se casó a los 21 años y con su señora tuvieron una decena de muchachos. En 1988 comenzó a trabajar un pedazo de tierra en Los Espavés. Tres años después se decidió e hizo un almácigo de semillas de caoba cerca de la quebrada de su finca.
 
Las semillas las consiguió bajo los pocos árboles de caoba que aún quedan bien arriba en la montaña. En la siguiente época lluviosa los puso en tierra y cuatro veces “limpió” alrededor de ellos para que la yerba no los sofocara, “…hasta que ganaron tamaño y se fueron solos”. Sembró más de mil pero algunos murieron. Estima que ahora tiene, casi 25 años después, un millar de caobas en crecimiento.
 
Por supuesto que no fue cosa de tirar las semillas al patio para ver cuántas pegaban. Hubo que escogerlas bien - de los mejores árboles - ponerlas en bolsas, cuidarlas del sol y los bichos, regarlas cuando no llovía… No olvidemos que el verano es implacable y una vez sembrado un arbolito debe tener suerte para sobrevivir, a menos que se le ayude. Así que cuando ya estaban en tierra tocó cargar agua y regarlos durante los primeros veranos.
 
Siempre se aprende. “Los sembré demasiado pegados y con los años he tenido que eliminar algunos para hacer espacio.” De todas formas algo de beneficio le trajeron, pues parte de los que sacó los vendió para postes de construcción.
 
Como no todo es trabajo en la vida, don Filomeno supo disfrutar a través de la música. Su padre y su abuelo eran buenos con el acordeón y él heredo la habilidad. La música no solo resultó ser una diversión: “El acordeón fue el bálsamo que curó mi corazón cuando quedé solo”, me confesó.
 
- “Hasta que tuve que vender el acordeón porque se mezclaba mucho con el guaro. La gente venía casi siempre con una botella. Sin el acordeón, ya no volvieron…”
 
Sabía de componer canciones y las interpretaba en pueblos de los alrededores. Todavía hoy, cuando arrima a alguno de ellos, le pasan la voz preguntándole por sus composiciones.
 
- “Las canciones estaban en mi memoria, de ahí nacían. Tengo ese don”.
 
Es cierto. Tiene el don musical. Pero también otro don, muy preciado, el don de la siembra de árboles, útil para traer oxígeno y verdor a este mundo y de paso - por qué no - asegurarse la vejez.
 
A buen entendedor pocas palabras. Sembrar árboles en Veraguas o en cualquier lugar, no es cosa sencilla. Requiere trabajo, prestar atención a los arbolitos (sobre todo en los veranos cuando éstos van pequeños) y paciencia. Hasta humildad y solidaridad diría yo, porque bien puede ser que la persona que los siembre no se beneficie de ellos.
 
Pero de que se puede, se puede. Y en los trópicos no son doscientos años los que hay que esperar. He contado muchas veces la historia de mi amigo Gregorio Jaramillo Sánchez, don Goyo, oriundo de Cerro Teriá, en Capira, jardinero y primer historiador ambiental de la comunidad de Gamboa en las áreas revertidas del Canal. Él sembró los árboles de caoba que hoy destacan como los más altos de esta comunidad canalera, en la esquina del río Chagres con el Canal. Y los sembró en 1955. Ya eran bastante grandes en la década de 1980 cuando yo los vi por primera vez.
 
Mis respetos don Filomeno, allá en su finca Los Espavés. Mucho gusto ha sido para mí conocer a todo un caballero que además es un sembrador. Pero luego de escuchar su experiencia sobre los caobas que hizo crecer “pensando en la jubilación”, permítame decirle: yo quisiera ser como usted cuando sea grande.
 
(*) A solicitud del protagonista, en este texto se ha cambiado su nombre y el de las localidades. El autor respeta su deseo y da fé que todo lo demás es real.